… ovejas y cabras

Estábamos con el todo vale —da igual churras que merinas— como cita literal. A un traductor de ensayo histórico o literario, el tema se le plantea con relativa frecuencia. De pronto un autor extranjero te menciona el Quijote y, por descontado, no corresponde traducir, sino localizar. Fácil, a un paso hay una edición de primera. Lo que en la soñolienta versión de trabajo había sido: «El duque y la duquesa se divertían extraordinariamente con los humores de sus invitados, con lo cual resolvieron, para mejorar la distracción, desarrollar algún invento placentero que pudiera asemejarse a una aventura…», pasará a ser, ya plena y cervantinamente: «Grande era el gusto que recebían el duque y la duquesa de la conversación de don Quijote y de la de Sancho Panza; y confirmándose en la intención que tenían de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias de aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les había contado de la cueva de Montesinos, para hacerle una que fuese famosa». No parece que el estilo traductor de Motteux al inglés nos permita recuperar, por tiento y tino que usemos en la retraducción, las palabras originales. Aun así, alguna traducción he visto que en castellano recomienda leer el capítulo de «lo que le pasó a Don Quijote con unos pastores». Mejor será leer el XI de la Primera Parte: «De lo que le sucedió a Don Quijote con unos cabreros».

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De churros, merinos…

Escribo estas palabras después de desayunarme con una curiosa anécdota que ponía de manifiesto el profesor Xavier Rull en un correo enviado a la lista de distribución Zèfir: la traducción al catalán de las palabras en catalán de un político catalán, en el marco —cerremos el círculo— de un periódico en catalán. El resultado del invento es un churro, un buñuelo, un higo, un sancocho o lo que el lector tenga coraje de echarse al estómago, aunque vaya, servida así la mesa, mejor será hoy ayunar que desayunarse.

¿A los hechos? Bien…

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… pero eso no las libra de una buena culá

A mi entender, el traductor de «Oh, las raíces están relacionadas con el tallo» falla a sus lectores porque ni estos reconocerán el espiritual negro o la canción escolar de fondo, ni, en realidad, cabe percibir ritmo alguno de canción en sus palabras. Lo primero, en estos días de YouTube y Wikipedia y kilochorros de e-información, parece gravísimo, pero yo no lo veo así: nadie lo sabe todo y antes de la Gran Conexión Universal también se traducía. Lo segundo, en cambio, me parece una contradicción que no veo por dónde resolver: si «cantaron una canción», el texto tiene que ser cantable. Más aún, en un texto para niños.

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Oh, las raíces están relacionadas con el tallo…

Leo en la traducción de una novelita infantil estadounidense —dirigida a lectores de 6 años en adelante— que, para completar una actividad escolar sobre las plantas, los protagonistas habían inventado esta canción:

Oh, las raíces están relacionadas con el tallo.
Y el tallo está relacionado con las hojas.
Y las hojas están relacionadas con las flores.
Y las flores están relacionadas con las semillas.

Al parecer, y si no reconstruyo mal la historia, hay un «espiritual negro» (entrecomillo porque el DRAE no recogerá el concepto hasta su 23.ª edición) llamado Dem bones o Dry bones que habría tenido origen bíblico en los «huesos secos» de Ezequiel, 37, pero luego repasa, con intención didáctica y relativa fortuna, los huesos del cuerpo. De este espiritual semipedagógico ha derivado también una canción laica, con un baile asociado, bastante popular en las escuelas y jardines de infancia. Las variantes son numerosas y la transición, curiosa: pasamos de los huesos descarnados y la palabra del Señor a huesos bailarines y la danza de los esqueletos (o un simple «canta conmigo», como proponen, no sin dolor de cabeza de quien se atreva a escucharlo, «Alvin y las ardillas»). La parte que aquí interesa dice algo así:

Oh, the foot bone’s connected to the leg bone.
The leg bone’s connected to the knee bone.
The knee bone’s connected to the thigh bone…

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  • La segunda parte, próximamente
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‘Muy propio’ (y XI)

La oposición estructural se puede resolver simbólicamente con la confrontación fonética, aunque no se comprenda su sentido; pero no la funcional. Es decir, si el sentido del topónimo cobra relevancia en la trama, entonces Houston:

Los dragones nos tendríamos que ayudar los unos a los otros y en realidad no tendría que deciros nada. Pero me habéis ayudado y los dragones de Kummerland han sido siempre muy poco amables con nosotros los medios dragones y no nos dejan entrar en la ciudad. Me pondré de vuestra parte para fastidiarles.1

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Muy propio (X)

La mayor dificultad de traducir los nombres propios suele radicar en resolver la combinación de los transparentes, los traslúcidos y los opacos. En otro trujamán citábamos casos más o menos traslúcidos de la serie de Potter. El protagonista es un ejemplo de los bonitos: su nombre es significativo (‘alfarero’), pero hasta donde se me alcanza eso no se explota en las novelas; y además es un apellido corriente, como los de tantos oficios, como un Juan Herrero. (Quizá Chéjov habría considerado una mala idea introducir el clavo de la alfarería si no se pensaba colgar de él a Quien-ya-sabes, pero ese es otro tema).

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Muy propio (IX)

Los topónimos de la ficción son otro hueso, otra oportunidad de placer. De la tópica Schilda alemana podíamos haber pasado quizá a la tópica Lepe de España; los diccionarios ofrecen con bastante timidez y nos dejan la despectiva Schildbürgerstreich (‘tontería propia de un habitante de Schilda’) en una simple ‘majadería’. Cuando Marinella Terzi versiona todo un libro al respecto, que describe las simplezas del carnicero Piel de Ternera, el sastre Sietequesos, el carpintero Garlopa o el porquero Jonathan Lechón, opta por inventarle un lugar ad hoc: Villasimplona.

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“La ceniza del cigarrillo está en la taza”

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¿Sobre toda traducción pesa una sospecha?

Convencidos como estábamos de que sobre toda traducción pesa una sospecha, de que las traducciones son (se consideran) hijas bastardas y formas vicarias de un original inmaculado, decidimos hacer un experimento. Nos inventamos un autor alemán (Gerschom Schimelpfennig, Berlín, 1893–París, 1938) y mandamos a cuatro editores (y amigos) una muestra de cinco páginas en Word del «Numa» de Benet, acompañada de la correspondiente fotocopia del falso original alemán. Les dijimos que una amiga nuestra, profesora e investigadora, había traducido uno de sus libros (de Schimmelpfennig, se entiende) y que lo estaba moviendo para su posible publicación en España. Leyeron el fragmento con atención, como de costumbre, y contestaron enseguida (eso es más raro).

  • «De la fluidez» (II), por Juan de Sola. Leer completo en El Trujamán
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“De los aparentes desajustes”, de Miguel Martínez-Lage

Es sabido que cuanto quede de un gran escritor en un cajón una vez que el gran escritor muere posee un raro valor añadido. Samuel Beckett dejó órdenes bien precisas para que sólo después de su muerte se publicasen dos obras que en vida no quiso ver ni en pintura: su primera obra teatral acabada, Eleutheria, y su primera ¿novela? igualmente acabada, Dream of Fair to Middling Women. La primera nunca llegó a verla, y renegó de ella. Sin embargo, durante un par de años dio la lata a todo lo que se moviese en el sentido de lo posible para publicar —y por tanto ver— la segunda, de la que sólo renegó cuando los sucesivos rechazos de no pocos editores le hicieron precisamente ver que aquello era una especie de bodrio impublicable, plegado en demasía a los modos impuestos por Joyce en Finnegans Wake.

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