Más raro que una naranja…

Estaba yo leyendo, como acostumbro (es por presumir), cuando topé con un pasajillo que encendió la mecha del trujamán. Les cuento: yo, igual que aquel, nací en el Mediterráneo. Como hijo del sur crecido en el norte, Navidad tras Navidad, lo que canta mi memoria es que a sus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos en las atascadísimas caravanas de la que acabaría siendo la A-2, que soportábamos para festejar amparados bajo el tronco familiar original. Eso es ante todo una imagen: naranjales. Adelante, frena, «parece que la cosa ya arranca otra vez», frenazo brusco o topetazo múltiple: naranjales. «Sí, falta mucho»: naranjales. «¿Queréis dejar de pelearos?» «¡Ha empezado él!»: naranjales. En la infinita cuneta, con notable amor por la coherencia, los tenderetes ofrecían naranjas hasta que al fin comprabas la malla, parabas para comer, entre naranjales, y de postre, naranjas.

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